Sobre mi amor al Vinilo

Últimamente he estado pensando Ziggy really sang, screwed up eyes and screwed up hair en las razones porque me gusta más oír música en vinilo que en CD o MP3. Me llama la atención pues todo el mundo al que le cuento sobre mis vinilos me dice que nada es como un vinilo, que así es como se debe oír la música. De esas personas me pregunto si en realidad han oído en vinilo, podría apostar que muchas no. El vinilo tiene un “Top of mind” impresionante, gente que ni siquiera lo ha probado reconoce que es mejor que un CD. ¿Por qué? Desde un punto de vista tecnológico es absurdo porque en muy raros casos se prefiere algo viejo a algo nuevo Oh no love! you’re not alone

Youre watching yourself but you’re too unfair no es común que alguien prefiera usar el PC viejo con Windows 95 que un Macbook Pro de última generación. ¿Será romanticismo? También los hay que teniendo para comprar un Lamborghini moderno prefieren invertir fortunas en una viejera de los 70s.

Los primeros vinilos que recuerdo eran unos que le regalaban a mi papa en la empresa en navidad de caja blanca (todavía los tengo) que decían Xerox enorme y traían los grandes éxitos bailables de cada año. También me acuerdo mucho de uno que traía todos los villancicos clásicos y en la portada salía una niña mona de ojos azules vestida de angelito (a mi me parecía medio sexy) Nobody’s gonna change my world

That’s something too unreal. Siempre había discos en la casa, y los reproducían en una radiola que compró mi mamá en 1973 y que era su orgullo. Cuando mi abuelo abandonó a mi abuela y a mi mamá, acababan de comprar esa radiola marca Motorola (todavía la tengo) que en su momento era lo máximo que había en Bogotá, esa calidad se reflejó en la deuda que les dejó mi abuelo cuando se largó. Mi mamá en plenos dieciocho añitos amaba sus discos de Sandro y Elvis Priestley (puta vida se los robaron) y no iba a perder la radiola así no más. Así que consiguió un trabajo en Ley como empacadora para pagarse la radiola y el anillo de grado (que también se perdió).

Luego en una mudanza se robaron todos los discos de mi mama, la radiola se salvó, y algunos discos de mi abuelita sobrevivieron, Carlos Gardel, Leonardo Fabio, y el de la niña de los villancicos siguen sanos y salvos I’ll see a Rock n’ Roll Doctor.

Transient

El primer álbum que compré en CD fue el Bad de Michael Jackson, lo recuerdo perfectamente, eso fue en la navidad del 88, tenía apenas 7 añitos mi mamá me llevó a comprarlo en una tienda de discos que quedaba en el fracasado centro comercial de Mazurén. Para esa época estaban entrando a Colombia los primeros reproductores de CDs y la industria del vinilo temblaba. El CD era más pequeño, le cabía más música y prometía mayor fidelidad. A finales de los 80s cualquier cosa que tuviera la palabra “Digital” se vendía como marihuana en la puerta del colegio. Perdón, como poper. Francamente ya no se que putas comprarán los niños en las puertas del colegio. Los más inteligentes, los románticos, guardaron sus colecciones de vinilo herméticamente pues se imaginaron que a futuro se acabarían. El resto de pendejos como nosotros comenzamos a buscar las versiones en CD de los clásicos vinilos decembrinos y se relegaron a una caja en el depósito de debajo de las escaleras. Otros más infames botaron millones de joyas a la basura.

Volví a saber de los vinilos a finales de los 90s cuando iba a la casa de un amigo y su padre, uno de esos pocos hippies románticos, guardaba una torre de vinilos como tesoros. El plan era ir oír discos raros del papa de Daniel y tomar vodka barato. En esa época no sabíamos nada de música, y escogíamos cualquier disco al azar, todo era nuevo y le dábamos vueltas a las colecciones de discos guiándonos sólo por las imágenes de las carátulas. Así conocimos a Led Zeppelin, a los Stones, Richie Ray y Bobby Cruz, Santana, Pink Floyd y a David Bowie. En esa época Quench my desire, give it to me when I wanna  los vinilos ya eran raros en las discotiendas y los buenos se conseguían en el centro, en la esquina de la 9a con 19. Me acuerdo que allá compré el “Phisical Grafitty” y “The Wall”.

De todas formas mi colección de vinilos era bien paupérrima en esa época. Ya era un tipo serio en los 2000, ya no botaba mi plata en discos y trago, y lo invertía en libros de partituras que tocaba traer de Estados Unidos. Una vez buscando en internet di con una página que decía que uno podía pedir 12 CDs gratis si se comprometía a comprar otro poco de discos en un año. Si claro. Yo pedí los 12 discos y nunca les compré ni mierda.

Los discos los escogí tomando los que menos conociera y más raros me parecieran. Ahí vi unas carátulas raras que resultaron El Kid A y el Amnesiac de Radiohead, el Vespertine de Bjork, el Dummy de Portishead, uno que no me acuerdo de Chemical Brothers y otros que ya olvidé pues no me impresionaron tanto. Me sentí parecido a cuando poníamos los  vinilos del papá de mi amigo sin saber que eran. El Kid A me cambió la vida, no podía creer que estos fueran los mismos de Creep. Me impresionó profundamente In the promess of a better tomorrow I will never let you part como un artista podía evolucionar tanto. El librito era buenísimo era grandísimo y se doblaba en mil partes para poder embutirlo en la cajita enana esa de los CDs. Se debe ver divino en vinilo (todavía no lo tengo).

Eran chéveres pero no tenía la misma magia que tenían los vinilos viejos del papa de mi amigo. Y para el 2009, en plena crisis de la industria musical por Napster e internet salió el In Rainbows de Radiohead, y como buen fan el día del lanzamiento me metí a la página para pedirlo. Lo raro es que cuando iba a pagar decía a la izquierda el nombre del álbum y a la derecha, en el valor, un espacio en blanco para llenar con un numero y un signo de interrogación. Obvio no entendí e hice click en la interrogación y salió un letrero que decía que pusiera el valor que a mi me pareciera seguido de otra interrogación. Otra vez sin entender volví a hacer click en la interrogación y decía que era en serio que pusiera lo que quisiera. En las otras opciones había una opción para comprar el álbum pero en vinilo, costaba como 120 dólares. Carísimo. Obvio que esa fue la compré, de pronto motivado por un sentimiento de culpa por haberle robado 12 CDs a la industria musical.

Cuando llegó era algo que nunca había visto, una caja enorme con 2 vinilos y un libro con fotos, ojo, LIBRO no folletico doblable. Sobre el vinilo en si había cosas escritas, muchos detalles. No tenía tornamesa pues la radiola estaba olvidada y no servía y no tenía en que oírlo así que me compré un par de tornamesas usadas de DJ, con la idea ademas de aprender a hacer scratch (cosa que nunca pasó). Dangerous the girl is just too damn dangerous.

El sonido era increíble. Ya para esa época estudiaba audio y había oído nombrar las virtudes de lo análogo, pero es diferente saber a oir. En un sistema digital la señal nunca puede sobrepasar un limite, en lo análogo la distorsión es “agradable”. Pero creo que para esa época yo todavía pertenecía a ese grupo de personas que dicen que el vinilo es mejor, pero sin realmente mucha experiencia detrás de esas palabras.

Una vez más los años pasaron, pero cada vez me coquetaban más los vinilos, llegaron a mi el Ok Computer de Radiohead, Live at Paris de Supertramp, Led Zeppelin I, II, III, y el Physical Graffiti, The Wall de Pink Floyd, el Songs about Fucking de Big Black, 3 compilados de Lucho Bermudez, Wasting Light de los Foo Fighters (increíble disco por cierto) y varios otros que ya no recuerdo.

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Pero tenerlos no significaba oírlos y sólo fue hasta hace poco que el gusto se me volvió adicción, me mudé a un lugar recóndito cerca a Tabio, donde a duras penas tengo electricidad, donde puedo descansar de toda la tecnología con la que vivo en mi trabajo, donde puedo ser un melómano más con un equipo de sonido ordinario y un montón de discos. Fue aquí donde aprendí la magia de fumar un porro, poner el Sabbath Bloody Sabath y dedicarme a lavar la loza. Nada de playlists, ni modos aleatorios, hay que oir el disco completo interrumpido sólo por la delicia de ese intermedio que obliga a voltear el vinilo. Esa es una de las cosas que no tienen ni los MP3 ni los CDs, estos medios congracian al hombre moderno que vive de afán y  quiere un DVD con toda su música ahí embutida, o un iPod con 6 terabites con toda la música existente, donde tiene de todo pero no le para bolas a nada. Se pierde la forma de un disco y no es lo mismo oír el Rise and fall of Ziggy Stardust todo derecho en versión CD a sentir como el disco se acaba en el lado A y vuelve a arrancar con Lady Stardust del lado B, es como si fueran dos álbumes con su propia tensión y distención. Cambiar de lado el álbum es cambiar de ánimo, frenar, reflexionar, volver a empezar.

Esto cada vez a hecho que odie esas listas de reproducción eternas de iTunes, ya no quiero que mi música dure por siempre sin que tenga que acercarme al computador ¡No!, quiero tener que pararme del sillón e ir a cambiar de disco, darme la oportunidad de escoger la música que sigue con opciones limitadas, prefiero tener 10 discos y poder llegar a conocerlos a todos, dejar que me hablen, take a look at my girlfrien cause she’s the only one I got, poder llegarle a esos temas menos conocidos y disfrutar de ellas ( muchas veces son las mejores).

Y volviendo al sonido, como no hablar del shhhhhhh, crch, shh, shc, clch… hasta los rayones pueden sonar bien. Hay una obra del compositor John Cage, 4’33, que se mantiene en silencio por cuatro minutos y treinta y tres segundos. Esta obra nos obliga a oír, a interpretar todo lo que suene o no suene (el silencio es igualmente poderoso que el sonido). Al igual que Vivaldi en las 4 estaciones lo que Cage hace es imitar la naturaleza pero de una forma más sofisticada, conceptual. La naturaleza no suena como una flauta haciendo corcheas imitando un pájaro, no, la naturaleza es aleatoria y eso es lo maravilloso de Cage: nos presenta lo aleatorio. Y es precisamente ese el encanto del scratch de un vinilo, es oír la leña como se consume en una hoguera, de hecho el sonido es muy parecido, es cálido como el fuego, impredecible, aleatorio. Mis discos son mis discos y no suenan igual al de otro; tienen sus propios rayones, su propia historia y personalidad, vinilos más desgastados porque los han puesto a rodar más veces, discos que se conservan como nuevos porque son malísimos y nadie los oyó más de una vez. Oír un vinilo es oír la historia.

Y la historia recompensa a los que tienen paciencia y como algo increíble, resulta que mi amigo Daniel se fue para Finlandia pero antes de irse se puso a ordenar un poco de desorden de su casa y entre las cosas abandonadas por el tiempo se encontró con las cajas de todos esos vinilos que oíamos cuando éramos adolescentes, tesoros de 8, 10 y 12 pulgadas. El papá ya en otra etapa de la vida no tenía más donde guardar todo ese arrume de discos (eso sí es música pesada) y decidió que lo mejor era nombrarme a mi el nuevo custodio de todas esas historias a 33 y 45 revoluciones por minuto. when I was young I used to think everything was so logical

Mi colección personal hoy pasa de los 500 discos y ojalá seguirá creciendo, los oigo todos los fines de semana, los consiento, algunos han perdido las carátulas y toca armarles nuevas, algunos son espantosos, algunos son magistrales, otros tienen rayones en sitios increíbles que pareciera que tuviera un DJ haciendo un loop perfecto. Y con todo y eso, todavía no se que es lo que tienen que tanto me gusta, seguro es todo, el tamaño de la carátula, ese sonido cálido, el scratch, el formato, lo pesados que son, la atención que requieren porque uno no puede ignorar la presencia de los vinilos, ocupan todo un cuarto de mi casa.

Y para los que todavía creen que su biblioteca virtual es mejor que los discos en acetato, intenten ver si su gata es capaz de hacer esto con su iPod:

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